—Por el color de la piel —dicen un catalán.
—No.
—Por el acento —insiste el catalán.
—No.
—Por la manera de vestirse...
—No...
—¿Por el mal olor? —añade, ya cansado, el correctísimo catalán.
—No. ¡Y es tan evidente! Si alguien te pisa o te empuja y luego te pide disculpas, es extranjero.
—Ah. Pues yo no viajo en autobús.

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